Apuntes de ética. La búsqueda de la felicidad.

por | 31 diciembre, 2018

La vida cotidiana demanda que, en ocasiones, desempeñemos tareas o asumamos posturas que requerirían de conocimientos de psicología o filosofía. Son campos de los que, habitualmente, apenas manejamos algunos tópicos mal ensamblados entre sí. Nos decimos entonces que el hecho de vivir nunca ha necesitado de adquirir conocimientos más avanzados de estas disciplinas, como tampoco de otras, que también podrían ser útiles. Sin embargo, para hacer frente a las decisiones y los posicionamientos, de forma más o menos consciente, demandamos algunas resoluciones.

En muchos casos se apela al sentido común, y en otros se va un poco más allá y se plantea lo inútil del dilema, ya que se dice saber cómo son las cosas, hay una forma de ver la vida comúnmente reconocida y no querer aceptarla es una equivocación. Optar por este enfoque es acogerse a la seguridad de lo establecido, los puntos de vista se plantean no como tales sino como la realidad misma, y se asumen no como prestados sino como estandartes de nuestra propia forma de ser.

En otros casos, muy numerosos, encontramos propuestas que han sido diseñadas en el ámbito de religiones, corrientes psicológicas, movimientos sociales, o incluso modas, a las que adherimos en mayor o menor medida, mezclándolas en proporciones variadas con lo incorporado de nuestra herencia cultural y del bagaje generacional. Todas ellas prestan un conjunto de herramientas y guías manejables que ofrecen resultados variables.

Detrás de todo ello, hay una búsqueda de bienestar o, por qué no ir más lejos, de felicidad, que al menos merece una reflexión.

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La ética, formalmente, comenzó con algunos tratados de Aristóteles[1] en donde intentaba hallar aquello que nos hace felices en la vida, cómo enfocar la existencia para alcanzar la “vida buena”. Deja para la filosofía posterior el término de eudaimonía, felicidad, con el que se califica a las aproximaciones éticas que comparten este fin, aunque, dada su visión del hombre como ser social, pronto vuelve su mirada hacia lo que es bueno para el conjunto ciudadano.

Años antes, se había producido una discusión notablemente inteligente sobre el tema, aún no formalizado como ética. Los estoicos griegos eran estudiosos cosmopolitas, habían viajado por el mundo conocido, habían enseñado y se habían formado en muy diferentes culturas. En todos los lugares, los dioses habían establecido qué deben hacer los humanos y qué no. Pero esto cambia entre los diferentes pueblos, lo que aquí es bueno, allá es una grave falta. Llegan a una importante conclusión, estas elaboraciones no son divinas sino humanas, “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son.[2], dirá Protágoras (490-410 a.C.), y las verdades no son universales.

Aunque el paso es enorme pronto encuentran una réplica. Sócrates (470-399 a.C.) sí piensa que hay verdades universales, aunque comparte que la opinión de los dioses sobre el asunto no es relevante. Igual que los sofistas, también entiende la importancia de una educación que mejore especialmente a los jóvenes, la areté. Pero el conocimiento para él no es saber disertar, ser eficaz en la argumentación y adquirir prestigio en los parlamentos, sino un tipo de sabiduría que él, más humilde que los sofistas, es consciente que no se transmite y adquiere solo en las aulas. “La búsqueda de un saber auténtico, para Sócrates, pasaba por el autoconocimiento, el cuestionamiento de los valores asimilados y el enfrentamiento a las propias contradicciones[3]. Y todo es uno, la felicidad y la superación de las contradicciones, el camino para conseguirlo y uno mismo. La adquisición de esa sabiduría sobre al hombre y el mundo parte del umbral de nuestra puerta, de nada más alejado, general o elevado. La búsqueda de lo bello y lo bueno, de obrar bien, aunque las leyes o la sociedad sean injustas. Aunque hemos dicho que  Aristóteles escribe el primer tratado sobre la ética, sin embargo, él mismo dice que Sócrates es el primero en tratar el tema, “ocupábase de cuestiones éticas”, y “Sócrates se ocupó de las virtudes del carácter, y en relación con ellas fue el primero que planteó el problema de las definiciones universales[4].

Sus discípulos seguirán desarrollando desde diferentes enfoques esto planteamientos  fundando sus propias escuelas, aunque todas se considerarán sucesoras de su maestro.

Aristipo de Cirene (435-356 a.C.)  funda en Atenas la escuela hedonista y defiende una interpretación de las enseñanzas de su maestro, donde recupera la forma en la que Sócrates pone lo natural por encima de lo convencional. Y la búsqueda de la felicidad mediante la consecución del placer físico y espiritual es lo más natural para la personas. Lo combina con otro postulado socrático, el sabio debe ser dueño de sí mismo, y afirma que nosotros debemos poseer a los placeres y nunca ellos a poseernos a nosotros. Más tarde, Epicuro de Samos (341-270 a.C.) se basará en el hedonismo para fundar la escuela epicúrea. En su jardín, hombres y mujeres, ciudadanos y esclavos encontrarán un lugar para la reflexión y el diálogo, para una filosofía en pos de la felicidad a través de la ataraxia. Epicuro propondrá alejarse de todo lo que perturba al espíritu, para dedicarse a lo realmente importante, como la amistad, y conseguir la autosuficiencia que permite no atarse a lo que ofrece el mundo sino disfrutarlo.

Antístenes (444-365 a.C.), por su parte funda la escuela cínica. Es hijo de un ateniense pobre y de una esclava, y se centra en la enseñanza de su maestro referida a que la auténtica riqueza es la ausencia de deseo. Admira el autodominio y autosuficiencia de Sócrates, su calma incluso ante la muerte, su convencimiento de que es preferible sufrir una injusticia a cometerla. También esta escuela tiene derivaciones. Zenón de Citio, un fenicio helenizado visita Atenas y encuentra a los que se denominaban verdaderos discípulos de Sócrates y queda impresionado. Funda así el estoicismo, basando su ética en lograr la ausencia de deseo, y dando un paso más, también en la aceptación de lo que acontece, del destino propio.

Pero el discípulo más conocido es Platón (427-347 a.C.). Para él, los individuos se desarrollan plenamente en la ciudad, y obrar bien le llevará a un ideal de justicia al que dará forma en una teoría política y de estado que intentará llevar a la práctica repetidamente en Siracusa, donde, a pesar de la cárcel y los fracasos, el contraste con la experiencia le ayudará a evolucionar y ajustar sus teorías. Fundará la Academia que, entre otras muchas ideas, que incluirán una teoría del conocimiento, la famosa doctrina de las formas, y una importante teoría psicológica de carácter espiritualista, propagará durante varios siglos una ética basada en la acción moral. Buscará cómo alcanzar el sumo bien del hombre, la felicidad, a través de la práctica de la virtud. Allí pasó veinte años Aristóteles (384-322 a.C.), que transformó la filosofía, la ciencia y la lógica a través de sus tratados, unos doscientos, de los cuales, como ya hemos dicho, algunos fueron los primeros dedicados a la ética. Más tarde sería el educador de Alejandro Magno, y fundaría su propia Escuela en el Liceo.

Y aún conocemos tres discípulos directos más que fundaron la Escuela de Megara, Euclides, la Escuela de Elis, Fedón, y la Escuela de Eretria, Menedemo.

Durante los siguientes 800 años, estas ideas irán impregnando el pensamiento occidental. Por supuesto, fuera del mundo grecolatino hay desarrollos importantes con respecto a la ética. Lao-Tse (s. VI a.C.), Confucio (551-479 a.C.), o Buda (563-483 a.C.) son ejemplos indispensables, y en todos ellos, de diferentes formas, es en el ser humano y en su manera de afrontar la vida donde reside la responsabilidad y la posibilidad de lograr la felicidad.

De vuelta a occidente, a mediados del siglo cuarto, se volverá a poner en dios el fundamento de la ética, igual que ocurría en el mundo antiguo. El cristianismo, recientemente declarado religión oficial en el imperio, necesita consolidar su doctrina. Agustín de Hipona (354-430), conocedor del pensamiento filosófico clásico, pone a la fe como explicación última a la que se debe supeditar la inteligencia.

Una de las consecuencias que se derivan de este hecho es que no volveremos a encontrar un filósofo cristiano realmente influyente hasta más de ochocientos años después, cuando Tomás de Aquino (1221-1274) y Alberto Magno (1206-1280), influenciados por el empuje del aristotelismo en la Facultad de Artes de París, ya finalizando la edad media, le den al Hombre, al menos, el papel de interpretar la ley natural de dios. La escolástica, con Juan Duns Scoto (1266-1308), incluso llega a tratar los problemas éticos con finura, pero estos seguirán siendo explicados por la voluntad divina.

La reforma protestante, con Lutero (1483-1546) y Calvino (1509-1564) a la cabeza, centran su interés en reforzar la autoridad de los reyes y poderosos frente a la iglesia, bajo el argumento de que la autoridad política emana directamente de dios y no del Papa. Su fin es abrir el camino al mercantilismo y al capitalismo, con una población sometida, por mandato divino, a sus reyes.

Serán contestados por las utopías renacentistas de Thomas Moore (Utopía, 1516), Tomasso Campanela (Heliopolis, 1602) y Francis Bacon (La nueva Atlántida, 1626), pero, más que traer propuestas para mundos nuevos viables, reflejan su protesta por una realidad injusta, y su influencia será pequeña.

Siendo la clara representación de la filosofía preponderante en la época, Thomas Hobbes (1558-1679) dirá que “el hombre es un lobo para el hombre”, y se centrará en resaltar la maldad innata en las personas, la inutilidad de buscar la virtud o el bien, y la necesidad consecuente de que el poder regule con mano firme a las personas en todos los aspectos de la vida.

Y no será hasta la época moderna, con Immanuel Kant (1724-1804) y sus imperativos categóricos que volverán los debates de altura moral sobre la ética, aquella eudaimonía con una finalidad dirigida a la vida de los seres humanos.

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En la época contemporánea, las diversas ramas de la psicología, la sociología y la antropología tienen una gran influencia en cómo nos planteamos el autoconocimiento. Representan un esfuerzo por volver la mirada hacia nosotros, individual y socialmente, desde un enfoque científico.

Sin embargo, en un principio pusieron más énfasis en afrontar los problemas existenciales que en buscar la felicidad. Freud (1856-1939), de hecho, se reconoce muy pesimista y señala como objetivo más realista el deshacerse de los fantasmas que la vida ha ido escribiendo en la propia biografía.

La perspectiva social aportará la ventaja de no requerir que venzamos las resistencias a enfrentarnos a nuestras propias pesadillas en solitario. En nuestra historia, cultura y generación nos reconocemos y abordamos los conflictos con la distancia necesaria, alejando el riesgo de sentimientos de culpa o la tentación de fugarnos de estos trances o de negarlos.

A mediados del siglo XX confluyen en la “Psicología Humanista” corrientes filosóficas procedentes de la fenomenología y el existencialismo con diferentes visiones de la psicología que tienen en común su reacción contra el psicoanálisis tradicional y el conductismo, y abren el espectro de intereses de tal forma que provocan una enriquecedora proliferación de ramas de estudio y teorías. En todas ellas existe la concepción de que es posible tener un papel activo, y no solo reactivo, en la consecución de estados mentales positivos. Abraham Maslow (1908-1970) fue el exponente más reconocido y acuñó, aún sin una definición precisa, el término de “Psicología Positiva”.

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La “Psicología Positiva” se marca como objetivo el estudio de las emociones positivas y, entre otros aspectos, presta especial atención al sistema límbico de la estructura nerviosa en el que se sustentan.

Avanzado en cómo nos aproximamos a estos estados emocionales, Martin Seligman[5] propone un modelo de tres vías.

La primera es la vida placentera. Es un tipo de felicidad, que se obtiene disminuyendo las emociones negativas y maximizando las positivas. Esta aparente sencillez se complica de inmediato, ya que vamos a encontrar emociones negativas, no solo por lo que ocurre en la realidad presente sino también en el pasado y el futuro. Tal y como muestra Dan Gilbert[6], el lóbulo frontal, especialmente la corteza prefrontal que tanto nos diferencia del resto de animales, es un simulador de experiencias, en el que los recuerdos y las proyecciones a futuro se viven con un impacto y duración incluso mayor del que se dan en la realidad. Seligman para trabajar con el pasado, propone dos claves, que son aprender a agradecer y a perdonar.

Los estudios enmarcados en esta vía también derriban en parte los mitos del dinero y el prestigio. Consideramos la riqueza y la fama como los dos elementos más influyentes, con mucha diferencia, en la consecución de la felicidad, pero a partir de que alcanzamos una cierta comodidad en estos aspectos, pierden su efecto. Sin embargo, ciertamente son factores importantes que actúan como requisitos básicos sobre los que levantar otras construcciones.

A la segunda vía la llama la de la vida comprometida. Existen metas y proyectos que requieren de la puesta en práctica de las fortalezas personales de forma cotidiana. El desarrollo y ejecución de estas cualidades son una fuente importante de emociones positivas. Junto con Christopher Peterson[7], investiga cuáles son estas virtudes que nos proporcionan satisfacción a más largo plazo que la obtenida en la primera vía, y las agrupan en seis categorías: sabiduría y conocimiento, valor, amor y humanidad, justicia, templanza, espiritualidad y trascendencia. Las actitudes altruistas se refuerzan cuando, por algún motivo, como un accidente vital, hay un cambio de valores abrupto e importante en la vida.

Cuando conseguimos mantener un equilibrio entre los retos que nos proponemos y la práctica de nuestras fortalezas, se produce lo que llaman un estado mental de fluidez, que trata de describir la sensación de estar integrado con la corriente de la vida.

La tercera, la que produce estados más duraderos, es la vía de la vida significativa. Incluye el desarrollo de objetivos que transcienden a uno mismo.

Nancy Etcoff[8] explica que dado que somos altamente vulnerables, hemos evolucionado de forma que centrarnos en nosotros mismos nos hace más infelices que si lo hacemos en otros o en la naturaleza, hasta el punto de que la cooperación con otros activa los centros de placer. También hace notar que en los análisis de textos computarizados de notas de suicidio, el lenguaje está más centrado en uno mismo que en problemas determinados o en la infelicidad en general. Si bien es necesario ser cuidadosos con extraer conclusiones precipitadas y superficiales sobre algo tan complejo como las causas de suicidio, pareciera que la soledad ejerce mayor influencia que la desesperación.

Aparte de este modelo centrado en conocer mejor los estados emocionales positivos, son muchos los investigadores que están abordando desde otras perspectivas el tema, incluso estudiando las experiencias místicas, como en el caso de Jonathan Haidt[9]. Es interesante como este psicólogo social encuentra en la “desaparición del Yo” el causante directo de la experiencia de éxtasis. También concluye que hemos evolucionado para ver lo sagrado en nuestro alrededor, y para unirnos a otros en equipos y perseguir objetivos morales. Buscamos unirnos a una llamada que suponga una causa noble.

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Definir la felicidad es difícil. Esto nos indica lo inaprensible del concepto y la volatilidad de la experiencia. Las religiones y las escuelas de pensamiento han preferido a menudo centrarse en experiencias más tangibles y apremiantes, y han hablado de superar el sufrimiento. Pero la felicidad y el sufrimiento no son extremos opuestos de lo mismo, como tampoco lo es el bienestar y el dolor, sino elementos diferentes de un sistema que interaccionan entre sí.

Pareciera que debiera ser un objetivo prioritario de individuos y sociedades, y sin embargo la depresión y la ansiedad crecen. La Organización Mundial de la Salud estima que en 2020 la depresión será la segunda mayor causa de discapacidad.

Las religiones no han dado una respuesta válida. Un indicador claro es que las sociedades más éticas no son las más religiosas, sino al contrario.

Tampoco hay ninguna sociedad o grupo que pueda mostrar el logro de un conjunto humano donde la felicidad haya alcanzado un desarrollo distintivo.

También se hace evidente en este repaso incompleto y escueto que acabamos de hacer que los valores y actitudes que propone el sistema en cada momento histórico concuerdan más con intereses económicos y de poder que con aquellos que favorecen el sentimiento de estar integrados de forma creciente en el fluir de la vida.

Tenemos la opción de acomodarnos y adormecer los conflictos. Pero si, por algún motivo, no podemos o queremos hacerlo, sentiremos la necesidad de avanzar. Hay  algunos elementos, de entre todos con los que hemos tratado, que aparecen repetidamente y es interesante rescatar. Nos referimos a profundizar en el autoconocimiento, no acrecentar el Yo, involucrarnos con otros, apreciar los valores más humanos y altruistas, la reconciliación con el pasado, o el reconocimiento de lo sagrado. Pero, sobre todo, a encontrar una finalidad a la existencia que nos haga sentir que nuestra vida tiene un valor trascendente.

 

[1] Ética a Nicómaco, Magna Moralia y Ética a Eudemo. Es muy probable que Aristóteles nunca diera estos títulos a sus obras, sin embargo, sí acuñó la palabra ética, (ηθικος).

[2] Αληθειαη Καταλλοντες Λογοι, (Los discursos demoledores), Protágoras.

[3] Sanz García, J., Fusco, V., García Rúiz, A., Benéitez André, R., González Marín, C., & Santiuste, C. (2018). Historia de la Ética. Curso MOOC. Universidad Carlos III Madrid.

[4]Metafísica”, Aristóteles.

[5] Martin Seligman (1942), fue presidente de la Asociación de Psicología de EEUU y actualmente es director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania. Es un reconocido estudioso de la depresión, y principal representante de la psicología positiva.

[6] Dan Gilbert (1957), es profesor de psicología de Edgar Pierce en la Universidad de Harvard, y es conocido por sus investigaciones con Timothy Wilson de la Universidad de Virginia sobre predicción afectiva.

[7] Christopher Peterson (1950-2012) profesor de psicología en la Universidad de Michigan.

[8] Nancy Etcoff (1955), es psicóloga evolucionista, en la Escuela de Medicina de Harvard.

[9] Jonathan David Haidt (1963), es un psicólogo social estadounidense y profesor de liderazgo ético en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York.

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