El bestiario

por | 21 diciembre, 2019

Monasterio de Veruela, año de nuestro Señor de 1217.

Querido amigo,

Sé que si llega a tus manos este extraño envío, será porque te encuentras en buen estado de salud, y a recaudo de los muchos males que pueden acaecer en tu oficio de marear las naos del reino. Pido frecuentemente por tu bienestar a Nuestra Señora, y porque mantenga tu nave a salvo de piratas y tormentas, que soy conocedor de que del resto de peligros, tu arte y templanza te mantienen protegido.

Aún en estos días, cuando mi reina y señora, doña Berenguela, a quien Dios guarde muchos años para bien de Castilla, me encarga realizar sus mandados en tierras lejanas, y estos viajes me embarcan por este nuestro mar, que siempre fue más camino que barrera, hago por quedar en algún momento solo, a la proa, como si yo mismo fuera la pieza que une las amuras, y así rememorar mejor los años de mocedad, en los que se forjó nuestra amistad entre naves y puertos.

Junto a estas letras, ha de haberte llegado un bestiario, elaborado mediante mi propia mano, con mucho esfuerzo y algo de talento. Y es con referencia a este manuscrito que te pediré que me hagas un servicio, pues solo contigo puedo echar cuenta de que se lleve a cabo.

En lo mucho que te he de explicar el asunto, me doy cuenta de lo extraño del encargo. Así que mejor que empiece por donde comienza.

Desde nuestra separación, son muchos los hechos en que me he visto envuelto, cuantiosas las labores en que me he desempeñado, y grande el número de gentes diversas con quienes he establecido conocimiento. Al día de hoy he llegado, pudiendo decir que es mucho lo que tengo que agradecer a Nuestra Madre Celestial. De poca loa es acreedora la Fortuna en todo ello, empero más bien el esfuerzo, que en más de una ocasión me acercó al límite de mis fuerzas, y también el espíritu determinado y poco dado a la queja que forjamos en las rutas del mar.

Sin embargo, pudiera parecer que la suerte puso en mis manos, en forma de libro, la primera piedra de esta construcción. Hallándome en camino a los reinos de Germania, para llevar a cabo negocios de la corte, las circunstancias y los vientos me llevaron a Padua. No te relataré en este momento los detalles acaecidos. Tan solo decirte que allí pude conocer a un erudito y venerable hombre, de nombre Alberto, que viste los hábitos de Santo Domingo de Guzmán, empeñado en la traducción de uno de los más sabios doctores de la antigüedad, nacido en Estagira bajo el nombre de Aristóteles. Entre los libros antiguos que este buen dominico manejaba, vine a dar con el Physiologus, libro de bellísimas imágenes, cuya autoría, dicen, ha de recaer en estudiosos alejandrinos, que quisieron dejar constancia cabal de la creación del Altísimo, haciendo recuento de bestias, pájaros y piedras que componen nuestro mundo.

A partir de aquel suceso, he recogido y continuado la labor de dejar constancia mediante escritos y pinturas, ya no solo de las criaturas que son de común conocidas, sino también de aquellas aún difíciles de imaginar, de las que he podido saber a través de viajeros, embajadores, navegantes, y todo aquel que pudiera dar noticia de su existencia en tierras lejanas.

Tiempo después, de paso por el castillo de Bolaños, sito en Calatrava, se produjo una segunda circunstancia, que podríamos dar por afortunada. Vino a mi conocimiento que, en aquellos momentos, también se hallaba en la cercanía un físico almohade que era considerado hijo, nunca supe si intelectual o carnal, del afamado Abul Waled Muhammad ibn Rusd, quien hacía algunos años había muerto en tierras bereberes, y que durante largo tiempo fue cadí de Sevilla, Córdoba y Marruecos sucesivamente.

Ibn Rusd, que en nuestras tierras llamamos Averroes, al igual que el reverendo padre Alberto, estudió y comentó los pensamientos que dejara por escrito el sabio griego, pero además puso empeño en conocer la articulación de la naturaleza, como al parecer hizo aquel. Sin embargo, mi interés por preguntar al físico, no tenía relación con todo ello, sino que estaba bien justificado en que se decía que había visto un grupo de onocentauros, ser de menor nobleza que el centauro, ya que su mitad trasera es la de un asno en lugar de la del caballo, pero de largo más raro de encontrar.

Sin extenderme mucho más en lo posteriormente acaecido, te diré que entablamos una relación amable, que poco después se extendió a un círculo mayor de gentes instruidas en diversas materias, de la que no era la menor la Kimia, en la que se trata de la preparación de remedios para las diferentes dolencias. Este saber de la filosofía natural, me dijeron que fue traído desde Persia, donde es conservado por los reverendos padres Nestorianos, en donde toma el nombre de Khemeia.

Pero, en esta filosofía, no solo he encontrado un principio compasivo de la creación de Dios nuestro Señor, cuyo fin es aliviar los males de los enfermos. De mayor importancia es que también se halla un camino de perfeccionamiento, que nos aproxima a ser más queridos a los ojos del Creador.

No me es dado explicarte más acerca del desarrollo de esta Obra. Espero que algún día, los dos volvamos a reunirnos, y con el tiempo por delante suficiente, puedas comprender y probar por ti mismo lo que ahora te relato.

Pero como tú tan bien sabes, los viajes que merece la pena emprender por el bien que en ellos entrevemos, en equitativa proporción nos demandan privaciones y esfuerzos. La labor, como te digo, aunque gratificante y necesaria, también ha sido ardua y extenuante.

En tal estado me encontraba, cuando hace unos pocos de días, regresando de un viaje apresurado, encontré un monasterio en el que paré para pedir cama y comida. Bien por mi condición, bien por su bondadosa costumbre, los frailes de la portería se hicieron cargo de mi caballo, y dispusieron que se me preparara una celda. Aunque estaba hambriento, el refectorio permanecería cerrado hasta que no acabaran las vísperas, así que también me encaminé a la iglesia para acompañar al resto de mis hermanos en las oraciones.

Allí, sentado solo, cerca de la entrada, apartado de la luz de las velas, le pedí a Nuestra Señora que me diera fuerzas para seguir en mi camino. El cansancio, los salmos o la oscuridad, se debieron aunar para que, por un momento, estuviera pronto a caer dormido, pero en ese mismo instante vi claramente como en mi interior, vacío salvo por unas pocas cenizas, una semilla en medio de ellas comenzaba a brillar con una luz celestial. Al instante, las cenizas comenzaron a arder con un fuego magnífico que tomó la forma de una pájaro, que desplegando sus alas alzó el vuelo por el techo de la nave central, mientras sentía que me llenaba la alegría y la confianza en el futuro. Luego, no sé cómo, desapareció.

Desde entonces, le agradezco todos los días a Nuestra Señora que me mostrara que en el fondo de todos nosotros hay una semilla divina capaz de hacernos renacer.

También desde entonces he releído el bestiario una y otra vez. Aquella ave Fénix estaba recogida como una de las aves nobles que habitan amplias extensiones, desde Egipto al este de Europa. Sin embargo, ahora comprendo que su existencia se da en el interior de los hombres, más que en los bosques lejanos. Y surge inevitable la pregunta de cuántas otras bestias recogidas en este libro no pertenecen al mundo natural.

Siempre entendí que los grifos que protegen las puertas de nuestras iglesias, formados por el águila que reina en los cielos y el león que lo hace en la tierra, son un símbolo que advierte al feligrés que va a entrar en un lugar sagrado.

Por otra parte, la existencia de bestias como los dragones está ampliamente registrada en obras de probada fiabilidad, pero, me pregunto si las anfisbenas serán reales. Para qué podría necesitar un dragón una pequeña cabeza de serpiente en su cola.

He comprendido que compilar la obra del Señor es tarea que requiere de la ayuda de hombres más sabios. Por este motivo, querido amigo, he pensado en entregarte mi bestiario, para que en tus próximos viajes, si tus quehaceres te lo permiten, pesquises la realidad natural o espiritual de sus páginas. Pronto las mareas y los vientos te harán recalar en tierras del Líbano, donde podrías tener la ocasión de encontrar alguna respuesta.

Espero saber de ti con prontitud. Hasta entonces, no dudes que rezaré por ti y por tu regreso sin incidentes.

Tu compañero y amigo.

 

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