De Dáimones y Genius

por | 19 noviembre, 2011

Simposio

El Banquete es la obra maestra de los diálogos de Platón. En este diálogo se presenta a Eros como mediador entre el mundo de los hombres y de los dioses.

Los compañeros de Sócrates, primero presentan al dios alado como el más antiguo, el que no tiene padres, sin embargo, él les propone otra versión que le enseñó Diotima, la sacerdotisa de Apolo.

Sócrates cuenta la historia de Diotima, a la que busca repetidamente para que le aleccione en lo referente al amor. Diotima es sabia, nos repite, y es ella quien pregunta a Sócrates esta vez, asistiéndole en el parto de las ideas. Le demuestra que Eros no es un dios ni un mortal, sino algo intermedio, un dáimon, cuyo poder es comunicar a los dioses y los hombres. A través de él funciona la adivinación y el arte de los sacerdotes en los ritos y la magia.

“La sabiduría, en efecto, es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría”, dice Diotima.

Qué función tiene, le pregunta Sócrates. Y ella le explica que Eros es amor por la generación y amor por la inmortalidad. La naturaleza mortal busca la inmortalidad mediante la procreación. Del cuerpo a través de la reproducción, y del alma a través del alumbramiento del conocimiento y la virtud. Eros no es amor por lo bello, pero deseamos engendrar en lo bello, ya sea poesía, arte, justicia o un hijo. Por eso nos atraen los cuerpos bellos y las almas bellas.

Le traza el camino por el que a partir de la belleza del otro, llegará a conocer la belleza en sí. “En este período de la vida, querido Sócrates -dijo la extranjera de Mantinea-, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en sí.”

Terminará el diálogo cerrando un circulo, con Sócrates yéndose a pasar el día a uno de sus lugares preferidos, el Liceo, un gimnasio situado junto al templo de Apolo.

Se recogerán por distintas fuentes los comentarios frecuentes de Sócrates sobre su dáimon, quien le aconseja a menudo, y también sobre Eros.

Platón también vuelve sobre el dáimon en otras ocasiones, modificando el significado que había tenido desde una remota antigüedad, ya que para él habita dentro de cada uno de nosotros como una facultad del alma.

Sibila Delphos, Michelangelo Buonarroti

Dáimon

Llegamos a Creta por mar y desembarcamos en Heraklion. Es una ciudad pequeña, en la que todavía puedes entrever un pasado reciente de pueblo blanco del Mediterráneo, pero en la que ya proliferan feas construcciones que intentan responder al crecimiento.

En Heraklion se encontraba el museo arqueológico. Y lo señalo en pasado porque creo que ahora ya está renovado, o en el proceso de hacerlo.

Unos pocos kilómetros tierra adentro están los restos del palacio de Knossos. Y, para qué negarlo, entre sus ruinas, reconstrucciones, murales y columnatas nos parecía sentir una juventud primeriza. No la antigüedad de más de 3.900 años, sino la alegría de nacer a la historia como algo nuevo y original. El entorno y el sol ponían de su parte, pero indudablemente éramos nosotros quienes así lo queríamos percibir.

En el museo de Heraklion se guardan gran parte de las piezas del palacio de Knossos, así que es necesario hacer un ejercicio mental de reconstrucción para imaginar cómo pudo ser. Por un lado, paseas entre las construcciones, con algunos murales recuperados y otros recreados, y por otro, imaginas cómo sería si volvieran a sus lugares los frescos, cerámicas, y demás piezas.

El príncipe de los lirios, la parisina, una de las diosas de las serpientes, tauromaquias, cabezas de toros y hachas labrys, es tanto lo que hay por admirar que repartes tu atención entre lo más significativo.

Ahora, revisando las fotos del museo, me llama la atención los frescos de la sala del trono. A cada lado del asiento de piedra hay un grifo. Esa imagen de dos animales poderosos (leones, unicornios), simétricamente enfrentados a cada lado de un escudo, me recordó la heráldica de otros tiempos y lugares. Busqué y encontré más grifos, esta vez alados, en igual posición, esculpidos en un relieve del primer piso del palacio. También a cada lado de una figura humana en un pequeño adorno. ¿Qué significaban?

Tiempo antes de la Grecia clásica, en la Creta minoica ya se hablaba de los dáimones, y se cree que provenían de tiempos aún anteriores.

Cada persona cuenta con el suyo. Y cada dáimon con su propio carácter, como una fuerte propensión hacia una dirección. Esta característica es tan definida en algunos casos y la idea que trasmiten tan potente que llega a personificarse en dioses como Eros o Artemisa. Pero no eran conceptos abstractos, sino traducciones que habían recorrido el camino de lo particular a lo generalmente compartido.

El dáimon era personal, cuando alguien nacía quedaba bajo su tutela, y la representación de sus características específicas se hacía mediante un ser compuesto por diferentes partes de animales con significados reconocibles. Un grifo, combinación de león y águila, supongo que podría representar la unión del poder sobre lo terrenal y lo celestial.

Y esa escenificación se proyectaba colocando al sujeto flanqueado a cada lado por su dáimon.

Knossos, Sala del Trono

Genius

Me pregunto en voz alta si en este tiempo habrá quien trate el tema escapando tanto de lo pueril como del escepticismo. Y pronto descubro lo pueril y escéptico de mi pregunta. Mi hija me presenta el libro de un reputado filósofo, “Profanaciones”, de Giorgio Agamben.

Genius es el título de uno de los ensayos recogidos en el libro. Es el nombre también que le daban los latinos al dios personal al que es confiado cada hombre en el momento de su nacimiento. Más correctamente tendremos que decir que cada varón tenía su Genius y cada mujer su Juno, aunque no era solamente la personificación de la energía sexual.

La erudición y la rigurosidad de Agamben resultan agradables, pero es su enfoque el que me pilla por sorpresa: “Comprender la concepción del hombre implícita en Genius significa entender que el hombre no es solamente Yo y conciencia individual” o, “En el umbral de la zona de no-conocimiento, el Yo debe deponer sus propiedades, debe conmoverse.”

Sentimos al Genius como íntimamente unido a nosotros, y sin embargo, hay que destacar su carácter no personal, ya que va más allá de nosotros. «Genius es nuestra vida, en tanto ésta no ha sido originada en nosotros, sino que nos ha dado origen».

Encuadra la espiritualidad en la toma de conciencia del hecho de que contenemos una parte de realidad no individuada, y añade: “La intimidad con una zona de no-conocimiento es una práctica mística cotidiana, en la cual el Yo, en una suerte de especial, alegre esoterismo, asiste sonriendo a su propia ruina y, ya se trate de la digestión del alimento o la iluminación de la mente, testimonia incrédulo su propia e incesante disolución. Genius es nuestra vida en tanto que no nos pertenece”.

Agamben haya una formulación del Genius que le resulta atrayente en la angelología iraní. La Daena del zoroastrismo es el ente celeste a cuya semejanza se crean los individuos.

Sigo la pista que nos da el filósofo y compruebo los textos del Avesta. Busco las trazas que pudieron quedar de una experiencia, y no me interesan en este momento otros aspectos, así que voy al Yasna – una parte del Avesta – que recoge los himnos litúrgicos que se cree que escribió directamente Zaratustra. El resto o bien son textos más tardíos o adaptaciones de textos antiguos al zoroastrismo.

Encuentro dos referencias, escuetas, como si el que alza sus manos y canta esta oración, al igual que hiciera en su día Zaratrustra, no requiriera de ninguna explicación adicional para comprender su sentido. Escuetos, pero allí están. Parece que es posteriormente cuando se dan mayores desarrollos.

Por el camino recojo otro estudio interesante de Hans Schmidt, “Is Vedic dhena- related to Avestan daena?”, (Acta Iranica 5 (1975), p. 165-180), donde se relaciona el daena del Avesta con el dhena de los Vedas, los cuatro textos más antiguos de la literatura india, y base de la religión védica, anterior al hinduismo.

También parece clara la influencia en los ángeles y demonios del misticismo judío primero y del cristianismo más tarde. La cobertura en tiempos y espacios de estos dáimones, o como queramos llamarlos, es una realidad que, paradójicamente, al mismo tiempo me sorprende y me deja el sabor de lo ya conocido.

  Moneda con Genius

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