El baile

por | 1 febrero, 2020

Bailábamos, ascendíamos corriendo un sendero apenas indicado sobre la hierba y volvíamos a bailar. Girábamos, compartiendo por turno, a cada vuelta, el sol en el rostro. Qué otra fuerza, qué otra razón me trajo aquí sino llegar a besar su hombro desnudo, acariciar mis labios con su piel.

Todos y cada uno de los abrazos que entrelazaron otro cuerpo, al igual que aquellos que pretendí y no llegaron a ser, todos ellos me regalaron un paso y un gesto. Uno a uno me trasladaron a la bendición del olor de tu risa.

 

Mientras bajaba por las angostas escaleras de piedra arenosa, oía los ruidos que producían desgarrando la carne. Finalmente, llegué a un ambiente iluminado con unas insuficientes antorchas en las paredes. Allá, sin ventilación, el humo de las teas se mezclaba con el aire.

Varios hombres con negras cabezas de perro vaciaban las entrañas de un cuerpo, que inmediatamente reconocí como el mío. Me quedé paralizado viendo cómo cortaban trozos de carne, que cuidadosamente colocaban en una báscula. Uno de los hombres-perro, cuando, al fin, se dio cuenta de mi presencia, se volvió enérgicamente hacia mí y me espetó con un gruñido, ‘¿dónde están las artimañas?’

Por un instante permanecí en silencio. Luego levanté la voz, que resonó con potencia por los pasadizos: “No encontrareis ninguna trampa.”

Durante unos segundos de silencio me miraron con intensidad. Me olfateaban listos a saltar sobre mí si encontraban lo que buscaban y arrancarlo del interior de mi cuerpo.

Continué con seguridad, “sí, encontrareis vísceras pesadas, cargadas de sangre, pero no hay cálculos en el amor para vuestra balanza. Nunca los hubo.”

Me dejaron ir. Y así salimos, de vuelta al día, al anhelo de lo por venir. No quería volver la mirada. No dejaba nada tras de mí. Renacimos. Y llegó el momento de ser y el magnífico lapso de la ascensión, la simple alegría del cuerpo que ríe como el agua que fluye entre piedras…

 

…Tu cuerpo marca el ritmo al mío que sigue tus pasos. Solo esta danza mantuve sagrada mientras las ruinas humeaban en mi paisaje. En el inconmensurable vacío su compás seguía resonando. Qué otra fuerza, qué otra razón me trajo aquí, a descubrir el propósito último, sino llegar a besar tu hombro desnudo, obtener la bendición del olor de tu risa.

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