El salto

por | 5 enero, 2012

A Isabel y Natsuko.

Desdichados vosotros que habéis descendido vivos a la morada de Hades; seréis dos veces mortales, mientras que los demás hombres mueren sólo una vez.” La diosa Circe y sus recomendaciones a Odiseo tendrían que esperar. Una luz anaranjada sobre el panel en la pared le indicaba que era hora de preparase para el desacoplamiento de la nave principal. Apagó la luz de lectura y con ella desapareció el libro. Inmediatamente la luz de ambiente aumentó suavemente su potencia hasta volver a iluminar completamente la Sala de Navegación. Le faltaba poco para alcanzar el agujero negro al que se dirigía y desde hacía unos días que se había alojado allí. Aquella inmensa obra de ingeniería que era capaz de surcar galaxias, albergaba espacios de todos los tamaños destinados a muy diversas funciones, pero su tecnología le permitía solventar todas sus necesidades desde aquella sala. Por otra parte, los viajes sobre haces de luz restringían el trabajo del piloto al cumplimiento de rutinas diseñadas con anterioridad a la partida, ya que una vez hecho el lanzamiento quedaba excluido cualquier intento de modificación del rumbo. En la práctica, sus tareas eran solo comprobaciones y mantenimientos periódicos. Con todo, y sin una razón clara, había preferido permanecer en el puesto de navegación.

En breve, la sala, junto al resto del módulo de control, se separaría de la mayor parte de aquella gran estructura para comenzar el salto al interior del agujero negro. El resto de módulos se mantendrían en silencio, controlados por los distintos dispositivos de procesamiento automático, orbitando cerca, esperando a volver a ser utilizados.

Se acercó a una pared e inmediatamente sobre ella se dibujó el panel de mando. Metódicamente revisó una a una las medidas aportadas por los indicadores que le informaban en detalle del estado de la nave, y fue realizando las comprobaciones establecidas en los protocolos. A pesar del gran número de pruebas no tuvo que consultar las instrucciones ni hacer uso de los asistentes de mantenimiento. Era una piloto experimentada y podía repetir de memoria todas las operaciones.

La experiencia en viajes espaciales era el requisito básico para presentarse como voluntaria para aquellos saltos. De hecho, dado que los sistemas de la nave desempeñaban el trabajo casi por completo, dudaba de que fuera una condición auténticamente necesaria, pero entendía que cuando comenzaron aquellas expediciones, pocos años antes, los responsables habían encontrado así la forma de filtrar la primera oleada de voluntarios. Entre estos abundaban personas con una imaginación desbordada por ilusiones tan elaboradas como poco fundamentadas. En honor a la verdad, ni los más ilustres científicos podían dar una base sólida a las suposiciones sobre cómo sería el universo paralelo, ni tampoco establecer qué porcentaje de probabilidad podían fijar de que el navegante sobreviviera a la travesía. Este último factor también diferenciaba a la mayoría de pilotos, que incluso optando por presentarse libremente a una misión tan incierta, sí apreciaban sus vidas, aunque las expusieran a peligros más o menos calculados con alguna frecuencia. Durante el viaje había intentado no volver a menudo sobre el motivo por el que estaba allí, pero sin conseguirlo. Finalmente había concluido que de alguna manera todos buscaban lo mismo, algo que les haría sentir una realización personal más completa. La paradoja es que buscaba la felicidad en algo que desconocía.

Terminó las operaciones de verificación y ajuste en el cuadro de mando y se dirigió al reducido materializador de masa del que disponía para sus necesidades inmediatas. En esta ocasión, solicitó el libro que estaba leyendo. Era un acto poco pragmático, pues si la energía fallaba, era poco probable que pudiera sobrevivir y aún menos leer, pero aquel objeto se le antojaba una buena compañía. Para La Odisea consideró que un soporte físico adecuado podría ser el pergamino, aunque no desconocía que este invento de los bibliotecarios de Pérgamo era muy posterior a la obra. Sacó un rollo envuelto en dos pequeñas barras de madera. Deslizó los dedos por la superficie y la sensación fue agradable y algo contradictoria, pues se le antojaba al tacto como un cuero vegetal.

Avanzó por el rollo hasta el momento en el que Circe explica a Odiseo cómo conseguir pasar junto a las Sirenas sin desviarse del rumbo, y posteriormente la llegada a las Rocas Errantes, estrecho que antes, sólo la célebre Argos de Jasón y Orfeo había conseguido sortear, “…pues de un lado estaba Escila, y del otro la divina Caribdis“, dos terribles monstruos que flanqueaban el paso del Ponto. Un zumbido y una vibración le sacaron de la lectura. El reactor Schwarzschild-Hawking se había puesto en marcha para estar listo en cuanto se iniciara la entrada al agujero. En ese mismo instante debería comenzar a producir energía negativa que provocaría, como compensación del sistema, la creación desde la nada de energía positiva y de materia, en un acto que, tiempo antes, solo se hubiera concebido con la participación de un dios, pero que en esta situación tendría la consecuencia práctica de mantener la estructura del sistema, evitando así que la contracción del espacio la aplastara, además de superar la velocidad de la luz, lo que permitiría la salida por el extremo opuesto. Si todo se desarrollaba siguiendo el mejor de los escenarios posibles, por un instante se encontraría en un universo paralelo durante el cual todos los sensores de la nave intentarían registrar una ingente cantidad datos. A continuación, la velocidad superior a la luz curvaría el espacio creando un tubo de Krasnikov, por donde encontraría el camino de regreso a su propio universo. Nadie a lo largo de todo el proyecto había intentado ocultar que las probabilidades de que todo se diera según los cálculos no eran ni altas ni bajas, sino simplemente imposibles de evaluar.

Tomó el papiro y lo dejó junto al panel, donde se acomodó. Reguló el tono de la luz de ambiente haciéndola variar a un dorado suave, y esperó.

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Un reloj apareció sobre el cuadro de mando mostrando una cuenta atrás en la que solo quedaba un minuto para la entrada. Todas las líneas que dibujaban los indicadores, cuadros y gráficos se perfilaron con mayor claridad. Igualmente, todo en ella semejaba despertar a raíz de la tensión que le recorrió el cuerpo y que parecía elevar el tono emocional junto a las pulsaciones y la aceleración de la respiración, si bien se mantuvo atenta al panel. Recorrió las lecturas con la vista una y otra vez esperando que se señalaran algún cambio que no se produjo.

Coincidiendo con exactitud con el final de la cuenta atrás todos los indicadores se lanzaron frenéticamente a reflejar modificaciones en las medidas. Intentó dar coherencia a los datos que le llegaban y cuando lo consiguió, por un instante el miedo la atenazó. El reactor producía mucha más energía de la esperada y la nave no lo aguantaría.  Repaso mentalmente lo más rápido que pudo el procedimiento para bajar la potencia del reactor, pero justo antes de implementarlo tomó una bocanada de aire y se contuvo. Sabía que si actuaba, casi con toda seguridad, no lograría cruzar el agujero. Por otro lado, no había ninguna certeza de que los sensores estuvieran preparados para recoger e interpretar correctamente la información en aquellas circunstancias. Fijó la mirada en la lectura de la potencia que no paraba de subir.

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Le quedaban un par de días hasta llegar a los límites del agujero negro, y las tareas que tenía que desempeñar le dejaban tiempo libre de sobra. Esperaba terminar de leer el libro antes de llegar. Reclinó el asiento, que se dirigió suavemente hasta la mesa donde tenía su bebida caliente. Odiseo perdía toda su tripulación en el paso del Ponto Euxino. “La nave no pudo avanzar mucho tiempo, porque enseguida se presentó el silbante Céfiro lanzándose en huracán y la tempestad de viento quebró los dos cables del mástil. Cayó éste hacia atrás y todos los aparejos se desparramaron bodega abajo. En la misma proa de la nave golpeó el mástil al piloto en la cabeza, rompiendo todos los huesos de su cráneo y, como un volatinero, se precipitó de cabeza contra la cubierta y su valeroso ánimo abandonó los huesos.” Apreció la ironía de que hubiera pasado tanto tiempo y por tantas vicisitudes con su tripulación y su barco, intentando encontrar el camino de vuelta a casa, y solo después de este suceso en el que pierde a sus hombres, queda sin piloto, con la nave desarbolada y a merced del oleaje, fuera cuando por fin diera con él, como si siempre hubiera estado allí esperándole.

Miró sus manos e inmediatamente le sobrevino la sensación de mareo. Lo que tenía en ellas y lo que estaba leyendo era un pergamino. Se volvió para ver la luz de lectura apagada. En ese momento fue consciente del fuerte zumbido del reactor. Se dirigió al panel pero el vértigo le sobrevino con más fuerza hasta hacerla caer de rodillas. Tuvo que sujetarse al asiento. ¡Sabía perfectamente que faltaban dos días para llegar! Pero lo que recordaba no podía ser el futuro. Desconcertada, consiguió incorporarse, tomar asiento y situarse frente a los indicadores. Nada de lo que veía podía ser cierto. Cerró los ojos y se forzó a concentrarse en el objetivo de la misión intentando así aferrarse a un hecho seguro: Ítaca, debía regresar a Ítaca. Luego todo desapareció.

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De pié, frente al cuadro de mandos, comprobó una vez más los datos. Estaba en su propio universo, camino de encontrarse con la nave principal, con la cual se acoplaría para emprender el viaje de regreso. Todavía se sentía mental y físicamente alterada, como si estuviera pendiente de emprender una actividad pero no supiera cuál.

Paseó la mirada por los distintos informes y gráficos que iba entregando el sistema de procesamiento, pero pasarían semanas hasta que fueran capaces de dar resultados útiles. Después, a medida que los cálculos se fueran interpretando, probablemente cada comprensión exigiría ir modificando los mismos algoritmos con los que eran tratados, e incluso podría darse el caso de que las mismas formulaciones físicas tuvieran que modificarse.

Completar el salto y la vuelta con los datos procedentes del agujero negro era en sí un éxito. Sin duda que también lo era estar viva. Y con el estudio de la información recogida llegarían a comprender cómo fue que pudo regresar. Pero seguramente nada podría constatar si había llegado o no al otro lado. Cuando ella había recobrado el conocimiento ya todo había acabado, lo que le suscitaba una indefinible sensación cercana a la nostalgia.

Se sentó frente al panel. Todavía estaba allí el rollo de pergamino. Jugueteó pensativa con él desenrollándolo. Una acumulación repentina de emociones le llenó los ojos de lágrimas. Al final del texto, alguien había dibujado con sencillos trazos de tinta a una mujer que era su propio retrato, a la proa de una embarcación con las velas infladas por el viento, y a la diosa Calipso, desde el agua, señalándola el camino en las estrellas.

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