Enoc, llamado Idris.

por | 25 abril, 2013

Enoc, hijo de Jarid, nieto de Mahalel, desde los tiempos de la madraza fue llamado Idris, por su dedicación constante al estudio de los libros sagrados, aquellos que Alá reveló a Adam, y aquellos otros que Gabriel trajo desde el cielo.

Tal virtud y piedad alcanzó que Alá lo ungió como su profeta, y lo envió a predicar a los descendientes de Caín. Enoc los exhortaba de forma incesante a purificar su conducta, y por este motivo fue muchas veces obligado a sacar su espada en defensa de su vida, siendo así el primero en luchar por Alá. También fue el primero en inventar la balanza para evitar el engaño en el comercio, y en coser telas, y en escribir con un cálamo.

De él cuentan esta historia, tan antigua ya que solo se escucha entre los murmullos de las hojas al viento.

Idris anhelaba ardientemente el Paraíso, y sin embargo, no deseaba la muerte, ya que consideraba que su misión en la tierra no había concluido, pues, a pesar de sus rezos y de su espada, los hijos de Caín seguían llenando de sangre la tierra. Así fue que Alá le envió al Ángel de la Muerte, en forma de hermosa virgen, para ver si era merecedor del peculiar favor que pedía, y que ningún hombre hasta ese momento había recibido.

«Ven conmigo», le ruega el ángel disfrazado a Idris, «y podrás hacer un trabajo que será del agrado de Alá. Mi hermana menor ha sido llevada por un impío descendiente de Caín, que la ha confinado en las más lejanas regiones del Oeste. ¡Toma tu espada y ayúdame a liberarla!»

Enoc al momento sigue a la virgen, desde la mañana al atardecer, a través de desolados desiertos, pero sin pronunciar ninguna palabra ni dirigir su mirada a la muchacha.

A la caída de la noche, ella levanta una tienda e Idris se tumba a su entrada para dormir sobre la tierra. Ella lo invita a compartir la tienda, pero él solo contesta, «si tenéis algo de comer, dádmelo». Ella señala entonces una oveja que anda perdida por el desierto sin su pastor, pero él replica, «prefiero el hambre a robar; la oveja pertenece a otro».

Al amanecer continúan el viaje, y al igual que el día anterior, Idris sigue a la virgen sin la más mínima queja, aunque está cercano a desfallecer de hambre y sed. Cuando atardece encuentran una botella de agua en el suelo. La virgen la toma, y abriéndola se la ofrece a Enoc, pero él rehúsa arguyendo, «algún viajero sin suerte la ha perdido, y volverá a buscarla».

A la caída de la noche, Idris rechaza de nuevo las invitaciones de la virgen a compartir la tienda, y entonces Alá hace surgir un manantial de agua fresca que brota a sus pies, y un árbol de dátiles con una escalera para alcanzar sus frutos. Idris llama a la virgen, invitándola a comer y a beber. Pero tras esperar y comprobar que no acude, se dirige a la entrada de la tienda y pregunta «¿quién sois vos, singular dama? En estos dos días no habéis probado alimento y ni siquiera ahora lo deseáis, aunque Alá mismo nos ha bendecido milagrosamente con dátiles y agua pura; y aun así se os ve fresca, y la tez con el color de las rosas en primavera, y vuestra forma está redondeada como la luna en su noche número quince.»

«Soy el Ángel de la Muerte,» replica, «enviado por Alá para probarte. Lo has conseguido; ahora aquello que pidas se cumplirá».

«Si eres el Ángel de la Muerte, toma mi alma».

«La muerte es desagradable, ¿por qué deseas morir?»

«Rezaré a Alá para que, después del terror de la tumba, vuelva a animar mi ser una vez más, y así podré servirle con mayor celo»

«¿Deseas, pues, morir dos veces? Tu tiempo no ha llegado aún, pero reza a Alá y yo ejecutaré su voluntad».

Y Enoc reza: «Señor, permite al Ángel que me deje probar el sabor de la muerte, ¡pero vuelve a llamarme pronto a la vida! ¿Lo haréis vos, todopoderoso y lleno de gracia?»

Se le ordena entonces al Ángel de la Muerte que tome el alma de Idris, pero solo durante un instante, tras el cual le será devuelta. El ángel retira el hálito a Idis, y entonces, éste le pide que le muestre el Infierno en primer lugar. El ángel le dirige el descenso entre profundas dunas y cuevas hasta Malik su cuidador, quien lo agarra, dispuesto a arrojarlo al abismo, cuando una voz del cielo exclama, «¡Malik, tened cuidado! No hagáis daño a mi profeta Idris, pero enseñadle los terrores de vuestro reino».

En ese momento le coloca en el muro que separa el infierno del lugar designado como la morada de los que no han merecido ni el infierno ni el cielo. Desde allí es que ve toda la variedad de escorpiones y reptiles venenosos, vastas llamas de fuego, monstruosos calderos con agua hirviendo, árboles de frutas espinosas, ríos de sangre y putrefacción. Finalmente ruega a Malik que lo devuelva a cargo del Ángel de la Muerte.

De vuelta a la tenue luz del valle, ahora Idris insta al ángel que le muestre también el Paraíso, quien le asciende hasta la lejana puerta ante la cual Ridwhan mantiene su vigilancia. Pero el guardián no le deja entrar. Entonces Alá ordena a Tuba, el árbol que se planta en medio del jardín, y se sabe que es, después de Sirdrat Almuntaha, el árbol más hermoso y más alto del Paraíso, que doble sus ramas por encima del muro. Inadvertido por Ridwhan, Idris se monta a horcajadas sobre una rama, y es izado lo suficiente para contemplar en su interior una edificación de cristal rodeada de un círculo de luz.

Desde ella surge la voz de Alá pura y blanca como la nieve: “Hijo del hombre, ya no te abandonaré. Proclamo sobre ti la paz, en nombre del mundo por venir, porque desde aquí ha provenido la paz desde la creación del mundo y así la paz estará sobre ti para siempre”.

Lleno por completo de agradecimiento, como en el sueño de un sueño, es bajado por las ramas de Tuba, y guiado por el ángel, abandona el Paraíso. De vuelta al pequeño oasis, cruza su última mirada de gratitud hacia el Ángel de la Muerte, que le devuelve la vida, desapareciendo.

Enoc abandona allí su espada para, con las manos vacías, retomar el camino a la ciudad dispuesto a emprender una nueva etapa de su vida.

Enoc y el ángel

Enoc y el ángel

Nota sobre le relato.

La historia está basada en el Libro de Enoc, y se refiere a uno de los más antiguos personajes, anterior al diluvio, de las tradiciones judía, cristiana y musulmana. El libro esta compilado a partir de textos en hebreo y arameo de diferentes antigüedades, comprendidas entre el año 250 y el 60 antes de nuestra era, en Palestina. Forma parte del canon de la Biblia de la Iglesia ortodoxa etíope, pero no es canónico para el resto de iglesias.

En el trasfondo del relato hay elementos de interés originados en un pasado lejano, que hoy yace aplastado por admoniciones contra el pecado y una obsesión enfermiza por el castigo. Así que he utilizado la versión del relato de la tradición musulmana, más claro, y en concreto el que aparece en el libro “The Bible, the Koran, and the Talmud. Biblical Legends of the Mussulmans”, por Dr. G. Weil, de 1863.

En cualquier caso, es una reinterpretación libre.

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