Generación

por | 8 diciembre, 2019

Este es el relato cierto de la creación de todo lo que es. Fue narrado por quienes, aún hoy, saben unir, en fabulosa demostración, los hechos del cielo con los del suelo firme, y los que tienen lugar en el profundo fuego con los de las aguas vivas.

Cuando aún no existía el tiempo, lo que era y lo que no se confundían en lo mismo, y así, para manifestarse tuvieron que hacerlo en forma triple. La del abismo insondable de la nada, al que se nombró Caos, para cubrir con esta forma su pavoroso ser;  la de aquella que guardaba en sus entrañas la esencia de la existencia, y a la que al nombrarla como Gea se la dio carácter de extensa tierra; la de la energía, que unió el vacío con la materia, y que al tomar el dulce nombre de Eros, el de doble sexo y alas doradas, ya nunca pudo detener su ir y venir.

Tan diversos, Caos y Gea, fueron unidos en perfecta síntesis por Eros. Esta unión original  culminó en la expansión generadora del cielo, en el que, como justa progenie, por un lado impera el vacío y por otro se abarca la totalidad. Tan magnifico fue el estallido que se fijó entonces que así se repetiría el proceso creador, lo divergente se complementaría hasta producir la síntesis que lanzaría con fuerza una nueva expansión de mayor riqueza.

Gea, como madre orgullosa llamó a su hijo Urano y lo colocó en lo alto, mientras Eros atravesaba la tierra desde el abismo, ascendiendo portador de un ávido amor que entregó a Urano para que llevando consigo la noche estrellada, cayera sobre la tierra envolviéndola. De esta hierogamia divina procede la segunda generación, compuesta de seis señoras primordiales, las Titánidas, y sus seis parejas de Titanes.

El primero fue Océano, que separó a Gea de Urano para que el proceso creador pudiera continuar, y que más tarde engendraría con Tetis, señora de las ninfas de las aguas, a Venus, que entre la tierra y el cielo conmemora aquella unión.

La brillante Thía yació con Hiperión, la luz del este, para alumbrar al sol, la aurora y la luna. Esta última fue amadrinada por Febe, que en la tierra sería llamada Diana y su símbolo la luna creciente.

Quedó constancia de en qué manera las parejas divinas poblaban el universo porque nació la memoria, cuyo nombre, Mnemosine, reclama el alma humana en los tránsitos, y que florecía a la sombra del más joven de sus hermanos, el tiempo, Crono, a partir del cual todo fluye, y cuyo poder despuntó por encima del resto.

Algo más hizo el tiempo, pues con su nacimiento mismo, convirtió a Urano en el pasado, y a su descendencia en el futuro. Comprendiendo Gea que el remplazo de lo viejo por lo nuevo es un mandato inexcusable para la evolución, entregó a Crono una hoz con la que este castró a su padre, haciéndole perder toda potencia.

Un nuevo y distinto poder sobrevino así con Crono, que en vínculo con la Titánida Rea, la gran madre, concibieron la tercera generación, la de los dioses. Estos fueros Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón, que apenas alcanzaban a ver la luz, eran engullidos por su progenitor, en el intento vano de negar su destino, el de sucumbir un día bajo la potestad de su propio hijo.

Así fue que Rea, matriz de dioses, en tensión creciente con el tiempo pero ligada a él, cuando dio a luz a Zeus, su último hijo, no lo entregó para ser devorado, sino que lo ocultó con la ayuda de Gea, para que alcanzara la madurez y diera cumplimiento a lo que fue establecido de origen.

Y así fue que llegado el momento logró que Crono vomitara a los dioses que salieron expelidos de su interior. Y armado con el rayo que le entregaran los Cíclopes herreros instauró su mandato en el cielo, y lideró a sus hermanos en la lucha librada por el universo entero, en la que los dioses conquistaron sus reinos, desde el profundo Tártaro hasta la cúpula de astros, así como la gloria imperecedera.

Hoy por fin, vosotros humanos, última generación, recordad de qué manera Prometeo, quien se abstuvo de toda lucha, os despertó del sueño en el veíais sin mirar y oíais sin escuchar, y os regaló con el fuego y el conocimiento para que no temierais la luz. A vosotros, bendecidos con la mortalidad, solo os deseo la Paz, para que vuestras almas no se aparten de su sempiterno destino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *