Hermetismo

por | 9 agosto, 2019

Punto de partida

 

La voluntad, Asclepio, surge del propósito; y de la voluntad surge cada acto de voluntad.

Asclepio III.[1]

 

La experiencia permite, al menos, una conclusión que podemos formular así:

La acción que no responde a mantener el equilibrio con el medio, sino a la manifestación del ser, nos constituye y refuerza internamente.

La gran mayoría de las acciones habituales, obviamente, sí tienen como fin mantener una vida equilibrada, y este tipo de homeostasis permite, además, disponer de energía suficiente para emprender otro tipo de actos. Son aquellos cuya intención es completamente diferente, ya que no están dirigidos a ningún objeto, sino destinados a la manifestación del ser.

Son el fundamento de la creación interior y, ya sean impactantes o más cotidianos, son siempre importantes. Incluso los fallidos nos refuerzan, tal y como quisiera recordar en los fracasos.

Constituirse internamente es una necesidad que los herméticos comprendían. Distinguían tres partes en el hombre: el cuerpo, sobre él soportada, el alma, y la mente o espíritu, que solo podía desarrollarse sobre un alma bondadosa y que actuara correctamente.

A menudo la mente abandona el alma; y en tales momentos, el alma no puede ni ver ni oír, sino que es como una bestia carente de razón. Pues el alma sin mente “no puede hacer ni decir nada”; tan grande es el poder de la mente. Y la mente no soporta un alma letárgica; abandona el alma que está atrapada en el cuerpo, y pillada en el poder del cuerpo.

                Tratado X.

Por tanto, no tenemos la intención, ni seguramente la capacidad, de hacer un estudio sobre el hermetismo, aunque indagaremos en sus textos. Esta experiencia es el sesgo de nuestra búsqueda, la de los actos que persiguen la manifestación del ser, ya que no persiguen ni buscan objeto alguno.

 

 

Corrientes

 

Los movimientos son muchos y diversos, y los cuerpos difieren uno del otro, pero hay un sistema ordenado que se extiende a través de todos.

Tratado XI.

 

Las corrientes marinas no son fáciles de describir, son fenómenos cambiantes según la temperatura, la estación, la rotación terrestre y otros factores. En un momento y lugar afloran calentando y haciendo más habitable una zona del mundo, y poco después se sumergen frías, o desaparecen hasta el siguiente ciclo.

Alegorizan apropiadamente otras corrientes que, a lo largo de la historia, se han focalizado en experiencias que tenían lugar en un espacio diferente al cotidiano y, que en contraposición a este, hemos llamado sagrado.

Desde el momento en que los datos históricos nos permiten tener indicios, podemos trazar una de estas corrientes, con un extremo en el Indo y, pasando por el cercano oriente y la península turca, otro extremo en el Mediterráneo oriental. Emplea diferentes formas según el lugar y el momento, pero su vía para alcanzar estos espacios sagrados es actuar sobre el cuerpo y su energía. Regímenes de alimentación, sueño y comportamiento; ejercicios respiratorios y de atención; rituales e iniciaciones planteados para tener un impacto lleno de sentido y emoción, en ocasiones facilitado por drogas, intoxicaciones o vino; en todos los casos el fin es modificar el sistema psicofísico hasta alcanzar ese estado de conexión, de comunión. Los símbolos por medio de los cuales se expresan estas vivencias coinciden y se repiten, como los toros o serpientes, al igual que el renacer en sus mitos.

Al mismo tiempo que en las selvas del norte de la India el budismo comienza otra corriente basada en la meditación en la Magna Grecia, al sur de la península itálica, comienza a tomar forma otra vía, representada por Pitágoras, que quizás hace uso de tradiciones anteriores, y que evolucionará y tendrá un foco de radiación extraordinario con las distintas escuelas seguidoras de Sócrates y Platón.

En Platón se expone con mayor claridad su doctrina de las formas o de las ideas, tal y como se llama actualmente en la filosofía a su concepción del logos. En sus diálogos, que eran textos elaborados para sus clases, se recoge la teoría, y en sus cursos, de los que no quería que se escribiera, ya que había que experimentar, no teorizar, se trabajaba con la consecución de la idea pura, mediante dos técnicas de la dialéctica. La Unificación utilizaba la elevación progresiva de una idea, desde objeto de experiencia a concepto general. Desnudar la idea de atributos hasta ver su realidad esencial inmutable. La técnica contraria, la División, actuaba por comparación, en el proceso de ir siguiendo lo que diferencia completamente un objeto o una idea del resto, hasta llegar a lo que le da su carácter particular. También había un trabajo de ideación con formas geométricas puras, los sólidos platónicos, o con matemáticas aplicadas, la música de las esferas de Pitágoras. Queda un rastro nítido de las investigaciones matemático-astronómicas de la Academia en su frontispicio, donde figuraba la inscripción: “Nadie entre aquí sin saber geometría”.

En los periodos clásico y helenístico esta tradición continua, la Academia, el Liceo, las escuelas filosóficas, que, al igual que el budismo, tampoco sustituye sino que convive con la corriente anterior, que a través de los Misterios se perpetúa durante dichos periodos. Solo la completa implantación del cristianismo como religión imperial entre los siglos IV y V las obliga a sumergirse.

El mundo es más extenso y las corrientes fluyen por todos los mares, pero fijamos la atención en aquellas que influyen en el nacimiento del hermetismo. Por ello hemos de mirar también hacia Babilonia y Egipto. Quizás todas las primeras grandes civilizaciones comparten una experiencia, la de domesticar la naturaleza. El hombre ya no solo se adapta al entorno, sino que también, de forma más decidida que nunca, lo transforma para ajustarlo a sus intereses. Estas visiones de mutua transformación entre el hombre y la materia, serán piedra clave de la Alquimia. Esta “gran obra” tomará de Babilonia, madre de muchas primeras obras humanas, entre otros conceptos, la astrología con el horóscopo y sus ciclos, y la estrecha relación entre el micro cosmos ubicado en cada persona y el macro cosmos que abarca toda la creación.

Egipto es caso aparte. Todo el norte de África, hace 11.000 años es un vergel lleno de pueblos que han domesticado ganado, construido asentamientos, y dejado en rocas y grutas dibujos y representaciones culturales que apenas conocemos. La rotación del eje de la tierra, con un ciclo de 25.767 años y, según algunos investigadores, con la ayuda de la deforestación producida para las granjas, comienza a desertizar toda la inmensa zona, en un proceso que culmina hace 4.000 años. Estos pueblos van emigrando al cauce del Nilo, que mantiene el suelo fértil con sus crecidas periódicas, y hace unos 5.000 años se produce el florecimiento de una cultura de una riqueza inusual. Su capacidad para el doble juego de adaptarse y transformar el medio, sus conocimientos metalúrgicos, su religión y mitos, la concepción del hombre, toda su cultura, tendrá enorme influencia en la historia y, también, en la visión de base de lo que más tarde será la Alquimia nacida en Alejandría.

 

 

Sincretismo

 

Piensa las cosas por ti mismo y no te extraviarás.

Dicho hermético.

 

Los textos herméticos, se escriben entre el año 100 antes de esta era (a.E.C.) y el año 200.

Así pues, se comienzan a elaborar cuando está concluyendo la época helenística, que se inició con la muerte de Alejandro Magno (323 a.E.C) y termina con los suicidios de Cleopatra VII de Egipto y Marco Antonio, tras su derrota en la batalla de Accio (31 a.E.C.) Está llegando a su fin también la República romana (27 a.E.C), y dando comienzo el Imperio, que se hará con todo el Mediterráneo. Virgilio compondrá La Eneida para dar justificación histórica al papel de Roma en el mundo.

El primer siglo de nuestra era estará bajo el signo de la Pax Romana y la apertura de la ruta de la seda, que llegará a conectar con el imperio Han, si bien su contacto será a través del imperio Parto.

Tras la destrucción del Templo en Israel, Roma, siguiendo su estrategia habitual, dispersará a las familias judías influyentes en otros puntos del imperio, que serán principalmente Alejandría y Antioquía, mientras por aquellas tierras es posible que naciera Jesús de Nazaret, cuya religión tomará forma bajo la dirección de Pablo de Tarso, aunque no llegan a conocerse. Otros místicos son más populares en ese momento, como Apolonio de Tiana, y Ovidio escribirá La Metamorfosis, que será la referencia sobre la religión olímpica hasta los tiempos modernos.

En el siglo II, terminan de escribirse los textos herméticos. La paz continuará gracias a los cinco “emperadores buenos”, y Ptolomeo de Alejandría (100-170) redactará el Almagesto, el catálogo de estrellas visibles utilizado hasta entrada la edad media. Valentín el Gnóstico (100-160) fundará la rama más importante del gnosticismo y Marción de Sinope la primera herejía cristiana, de carácter antijudío. Y gracias a El Asno de Oro de Apuleyo, y al Isis y Osiris de Plutarco, nos llegará hasta hoy importante información de los ritos en uso.

Pero lo auténticamente relevante del comienzo de esta época, es el sincretismo de ideas que se produce en el sur y este del Mediterráneo, desde Alejandría a la costa griega de Turquía. Antioquía es la tercera ciudad en población, después de Roma y Alejandría, ésta última punto de referencia por ser donde se produce la mayor síntesis de influencias. La mezcla e intercambio entre la cultura y religión egipcias, el neoplatonismo y neopitagorismo, el judaísmo, el mitraismo instaurado en las legiones, o el derecho y la conciliación religiosa de Roma, son algunos de los elementos que se combinan para producir los nuevos fenómenos: el hermetismo, el gnosticismo, y el desarrollo occidental de la alquimia.

También es el momento de nacimiento del cristianismo primitivo, pero es en otro lugar y circunstancias. Los conceptos de base son judíos con una fuerte influencia gnóstica, hasta su reformulación para adaptarse a los requerimientos del imperio, donde se estigmatizan ambos orígenes.

A menudo la franja de separación entre estas nuevas corrientes será imprecisa. Heredarán el espíritu de sincretismo, de permeabilidad a otras ideas y de un cierto hermanamiento como hijas del mismo momento y lugar.

 

 

Hermetismo

 

«Estaría gustoso de aprender», dije yo, «las cosas que son, y entender su naturaleza, y obtener el conocimiento de Dios».

Tratado I.

 

A Hermes Trimegistro, en el Libro de Toth, se le aplica la fórmula wr wr wr, grande, grande, grande. No sabemos si porque alcanza la grandeza en cuerpo, alma y mente, o hace referencia a algún otro tipo de triada. Si sabemos que adquiere la condición de autor mítico, equiparado al dios Toth, origen último de toda sabiduría.

Ese saber queda recogido en diferentes tratados, el citado Libro de Toth; los textos herméticos de Nag Hammadi, los fragmentos preservados en diversos autores antiguos y medievales, las Definiciones Armenias, y los extractos herméticos insertos en la compilación de Estobeo. En el siglo XIV, algunos de estos textos, se recogen y publican en el llamado Corpus Hermeticum. Primero son diecisiete y más adelante se añade el tratado XVIII. El Logos Teleios o Asclepio latino, por otra parte, es un diálogo primeramente atribuido erróneamente a Apuleyo, que es la traducción de tres textos griegos más antiguos y de diferentes autores.

No solo se escriben en griego koiné, la lengua vehicular de la época, sino en demótico, hierático y otras lenguas, lo que aumenta su difusión y transcendencia en la antigüedad tardía.

Tratan, de manera no uniforme, sobre los temas que consideran necesarios para el conocimiento del hombre y el cosmos pero, especialmente de Dios, del sentido, y de la transcendencia. Sin embargo, no parten ni hacen referencia a ningún libro sagrado, no hay tampoco ningún salvador. Hermes es maestro por su capacidad de entrar en contacto con la mente, pero su actitud fundamental es la de alumno de Poimandres, representación de la mente, de igual forma que Asclepio aprende de él mediante diálogos. No explica cómo establecer ese contacto, no hay teúrgia, los ritos y sacramentos, que en los misterios, en el gnosticismo y en el cristianismo son fundamentales para la comunión con lo creado y su comprensión, porque parece que esos no son sus métodos.

Sin embargo, sí encontramos descripciones de esos momentos de comprensión, que por su carácter nos remiten a trances místicos. Así, por ejemplo, el primer contacto de Hermes con Poimandres:

Sucedió una vez, en que había empezado a pensar sobre las cosas existentes, y mis pensamientos habían surcado la alturas, mientras mis sentidos corporales habían sido puestos en restricción por el sueño, empero no un sueño como el de los hombres abrumados por la abundancia de comida o el cansancio corporal, en que pienso que vino a verme un Ser de vasta e ilimitada magnitud…

[…] Cuando hubo así hablado, de inmediato todas las cosas cambiaron de aspecto ante mí, y fueron abiertas en un momento. Y contemplé una vista sin límites; todo fue cambiando en luz, una luz dulce y gozosa; y me maravillé al verla.

Tratado I.

Aún sin detallar el método, sí establece como requisito el desapego del alma por los asuntos corporales, ya que será el soporte necesario para las evoluciones de la mente, que al abarcar toda la creación, también está en el interior del hombre.

Toda alma, tan pronto como ha tomado el cuerpo, es depravada por el placer y el dolor;

Tratado XII.

Es sólo en un cuerpo terrenal en el que la mente y el alma se hallan reunidas juntas. La mente, por sí sola y desnuda, no puede tomar morada en un cuerpo terrenal; un cuerpo de tierra no podría resistir la presencia de ese ser poderoso e inmortal, ni podría un poder tan grande someterse al contacto con un cuerpo manchado por la pasión. Y así la mente toma para sí al alma como envoltura;

Tratado X.

A menudo la mente abandona el alma; y en tales momentos, el alma no pude ni ver ni oír, sino que es como una bestia carente de razón. Pues un alma sin mente «no puede hacer ni decir nada»; tan grande es el poder de la mente. Y la mente no soporta un alma letárgica; abandona el alma que está atrapada en el cuerpo, y pillada por el poder del cuerpo.

Tratado X.

Sí hay más precisión en los comportamientos a evitar para la pureza del alma, que son doce: Ignorancia, Pesar, Incontinencia, Deseo, Injusticia, Codicia, Engaño, Envidia, Fraude, Ira, Impetuosidad, y Vicio.

Y siendo los signos en que consiste el Zodiaco en número de doce, las formas producidas por él, hijo mío, se dividen en doce.

Tratado XIII.

Estos comportamientos se enfrentan por medio de diez poderes. Los siete primeros se emparejan con sus opuestos, y son Conocimiento, Gozo, Continencia, Aguante, Justicia, Falta De Egoísmo, y Verdad, pero cuando esta última se presenta, hace aparecer a los tres siguientes, Bien, Vida y Luz que terminan con cualquier otro estado negativo posible. Tanto las impurezas como los poderes varían según el tratado, pero la estructura no.

Y después el hombre asciende a través de la estructura de los cielos. Y a la primera zona del cielo abandona la fuerza que obra el incremento, y a la que obra el decremento; a la segunda zona, las maquinaciones de la astucia maligna; a la tercera zona, la lascivia por la que son engañados los hombres; a la cuarta zona, la arrogancia dominante; a la quinta zona, la osadía impía y la audacia temeraria; a la sexta zona, la búsqueda malvada de las riquezas, y a la séptima zona, la falsedad que aguarda a hacer daño. Y entonces, habiendo sido privado de todo lo que fue obrado sobre él por la estructura de los cielos, asciende a la sustancia de la octava esfera, poseyendo ahora su propio poder.

Tratado I.

Estos siete estados que se contraponen para el descenso o ascenso, y los diez poderes, hacen recordar las emanaciones de las diez sefirot y el tránsito por el Árbol de la Vida, de la Cábala. Si bien la mística judía es antigua, la Cábala se suele datar mucho más tarde, aunque hay quienes argumentan que el Zohar no es escrito por Mosé ben Sem Tob de León en el siglo XIII, sino por Shimon bar Yojai en el siglo II. Es un tema para los especialistas, pero en cualquier caso, la similitud de sensaciones es llamativa.

Y es también de acuerdo con la razón que sean expulsados por diez Poderes, esto es, por la Década; pues la Década, hijo mío, es el número por el que es generada el alma. Vida y Luz juntas forman una Unidad; y el número Uno es el origen de la Década. Es razonable, por tanto, que la Unidad contenga en sí la Década.

Tratado XIII.

Pues la unidad, siendo el origen de todos los números, y la raíz de todos ellos, contiene dentro de sí todo número, y no es generada por ningún otro número.

Tratado IV.

 

Formas

 

“Has visto en tu mente la forma arquetípica, que es anterior al comienzo de las cosas, e ilimitada”. Así me habló Poimandres.

Tratado I.

 

Aquella corriente llena de calor compuesta por los matemáticas pitagóricas y las formas platónicas, que pasaba por el norte del mediterráneo, recorre ahora las costas del sur con fuerza. Volvemos a encontrar ejercicios  destinados a activar el nous. La traducción de este término suele ser «inteligencia», «intelecto» o «espíritu», pero su etimología deriva de «noéin«, tener un pensamiento en la mente, en el espíritu.

Neopitagóricos y neoplatónicos, en sus mejores versiones, siguen buscando no simplemente pensar o idear, sino realizar actos mentales que sobrepasando lo concreto alcancen un nivel de abstracción y comprensión que debe de darse en conexión con la mente. Para entenderlo mejor, simplemente tratemos no solo de leer, sino de ir construyendo las imágenes que nos propone este texto.

Si, por lo tanto, no te haces igual a Dios, no puedes comprender a Dios; pues lo semejante es conocido por lo semejante. Salta más allá de todo lo que es corpóreo, y crece hasta una extensión semejante a esa grandeza que está más allá de toda medida; elévate por encima de todo tiempo, y devén eterno; entonces aprehenderás a Dios. Piensa que tampoco para ti hay nada imposible; estima que tú también eres inmortal, y que eres capaz de captar todas las cosas en tu pensamiento, de conocer todo arte y toda ciencia; encuentra tu hogar en la guarida de toda criatura viviente; hazte más alto que todas las alturas, y más bajo que todas las profundidades; reúne en ti mismo todas las cualidades opuestas, calor y frío, sequedad y  fluidez; piensa que estás en todas partes al mismo tiempo, sobre la tierra, el mar, el cielo; piensa que no has sido todavía engendrado, que estás en la matriz, que eres joven, que eres viejo, que has muerto, que estás en el mundo de más allá de la tumba; capta en tu pensamiento todo esto a mismo tiempo, todos los momentos y lugares, todas las sustancias, cualidades y magnitudes juntas; entonces podrás aprehender a Dios. Pero si cierras tu alma en tu cuerpo, y te rebajas, y dices “No sé nada, no puedo hacer nada; tengo miedo de la tierra y del mar, no puedo ascender al cielo; no sé lo que era, ni lo que seré”; entonces, ¿qué tienes tú que ver con tu Dios? Tu pensamiento no puede captar nada bello y bueno si te aferras al cuerpo y eres malo.

Tratado XI.

Estas comprensiones han aportado al mundo amor por el saber, no como un ejercicio oratorio, diría Sócrates, sino como conocimiento de nosotros mismos, en la busca de lo Bueno y lo Bello. A veces con comprensiones tan sutiles, como la diferenciación entre el objeto y el acto de pensamiento, o la espacialidad en el acto de pensar.

El espacio es un objeto del pensamiento, pero no en el mismo sentido en que lo es Dios; pues Dios es un objeto del pensamiento ante todo para sí mismo, pero el Espacio es un objeto del pensamiento para nosotros…

Tratado II.

Este tipo de actos, quizá con una claridad única, van más allá de los objetos y se dirigen a la constitución y desarrollo de la parte de nosotros que entra en contacto con lo más elevado. Y ese contacto no puede dejar de tener consecuencias en la visión de la existencia.

Asclepio: Dime, pues, ¿qué es el Bien? Hermes: El Bien es la Luz arquetípica; y Mente y Verdad son, por así decirlo, rayos emitidos por esa Luz.

Tratado II.

Diremos, por tanto, que Dios tiene una forma, y sólo una, pero es una forma que ningún ojo puede ver; pues es incorpórea. Y no te maraville que haya una forma incorpórea; tales cosas existen;

Tratado XI.

 

 

Alquimia

 

La materia es la receptora de todas las formas;

Asclepio III.

 

Entre el siglo I y el II vivió en Alejandría María la Judía o Míriam la Profetisa, considerada fundadora de la alquimia alejandrina junto con Olimpiodoro de Alejandría y Sinesio. Ellos son las referencias de mayor relieve para los primeros alquimistas, solo superados por el propio Hermes Trimegistro y Bolos de Mendes que escribe bajo el pseudónimo de Demócrito su obra Physika kai Mystika. Sabemos de ellos principalmente por Zósimo de Panópolis, que hacia el año 300 escribe los textos más antiguos que conservamos sobre el tema. A María se atribuye el invento de dos de los aparatos más importantes para el trabajo de laboratorio, el Tribikos y el Kerotakis, además de procedimientos como el famoso baño María, y técnicas de blanqueado y ennegrecimiento de sustancias. El pseudo-Demócrito trabaja con el agua divina y el Anima Mundi atrapada en la materia. Era un universo brotando con fuerza que contaba con el respaldo de una visión del hombre y el cosmos aportada por el hermetismo.

Hermetismo y alquimia están tan estrechamente ligados, que en muchas ocasiones los autores se refieren a ellos como una misma cosa. Pero es la alquimia la que tendrá un largo recorrido. La encontremos aún viva siglos después, de hecho hasta hace algo más de doscientos años, y lejos de Alejandría, por todo el mundo islámico y en el occidente cristiano, en gran parte gracias a los estudiosos musulmanes, que le dan continuidad cuando, durante la Alta Edad Media, el cristianismo intenta frenarla.  Según Ibn al Nadim, un historiador de la segunda mitad del siglo X, el primer musulmán interesado en la Alquimia fue el Príncipe Khalid ibn Yazid, (660 –704), hijo del Califa Yazid quien murió en el 682. Khalid tenía un gran interés por las ciencias y se sentía particularmente atraído por la Alquimia, por lo que ordenó que le trajeran a unos filósofos griegos que estaban en Egipto para que tradujeran varios textos alquímicos del griego y del copto al árabe.

La alquimia plantea, como ya dijimos, el doble juego de transformación simultánea, externo, de la materia, e interno, de uno mismo. El psicoterapeuta, James Hillman, de la escuela de Jung, en su libro Re-Visioning Psychology (1975), lo describe así:

El alquimista proyectaba sus profundidades en sus materiales, y mientras trabajaba con ellos trabajaba también con su alma. La herramienta de este trabajo era la imaginación: la alquimia era un ejercicio imaginativo encubierto en el lenguaje de sus sustancias concretas y de operaciones impersonales y objetivas. Si aludo con tanta frecuencia a ellas en este libro es porque la alquimia ofrece abundantes ejemplos, precisos y concretos, de lo que es el proceso imaginativo de hacer alma. 

En los tratados del Corpus Hermeticum, y el hermetismo en general, todo lo existente es parte del dios creador y, por tanto, también la materia.

Tat: ¿Está, por consiguiente, Dios en la materia, padre? Hermes: ¿Cómo? ¿Qué es la materia aparte de Dios, hijo mío, de modo que le puedes asignar un lugar? […] Y tanto si hablas de materia, como de cuerpo, o de sustancia, sabe que también éstos son manifestaciones del obrar de Dios; pues es Dios quien por su obrar hace a la materia material, y a los cuerpos corpóreos, y la sustancia sustancial. Dios es Todo;

Tratado XII.

Esta materia tiene en su interior la potencialidad de generar cualquier objeto corpóreo y está sujeta a ser manipulada para su transformación con un fin definido.

Los elementos a través de los cuales ha sido imbuida con forma la materia, son en número de cuatro, fuego, agua, tierra y aire; pero la materia es una, el alma es una, y Dios es uno.

Asclepio I.

Trimegistro: En el principio estaban Dios y la materia. Los elementos de los que está compuesto el universo no se hallaban entonces en existencia, pues no habían llegado aún a existir; pero se encontraban ya en aquello a partir de lo cual iban a ser generados.

Asclepio II.

La materia, aunque manifiestamente no-engendrada, tiene, sin embargo, en sí desde el principio el poder de engendrar; pues es inherente a las propiedades de la materia una fecundidad original, poseyendo en sí el poder de concebir cosas y de darles nacimiento. La materia, por tanto, es generativa en sí misma, sin la ayuda de ninguna otra cosa. Contiene indudablemente en sí misma el poder de procrear todas las cosas.

Asclepio II.

… y de los elementos surgieron manadas de seres vivos.

Tratado I.

Pero con la luz que es vertida hacia abajo, y que ilumina toda la esfera del agua, la tierra, y el aire, pone vida en las cosas de esta región del Cosmos, y las excita al nacimiento, y por los cambios sucesivos rehace a las criaturas vivientes y las transforma. Pues la permanencia de toda clase de cuerpo es mantenida por el cambio. Los cuerpos inmortales experimentan el cambio sin disolución, pero los cambios de los cuerpos mortales son acompañados por la disolución;

Tratado XVI.

Siendo que compartimos con la materia un mismo origen, también hemos de contar con las mismas capacidades, incluyendo la generación, la transformación y también el renacer, que es un elemento también importante tanto en la alquimia como el hermetismo.

Puesto que existen dos imágenes de Dios; el Cosmos es una, y el hombre es la otra…

Asclepio I.

Tat: Dime también esto, ¿quién es el oficiante por medio del cual viene a suceder la consumación del Renacimiento? Hermes: Aquel que ha nacido por ese nacimiento es otro; es un dios, un hijo de Dios. Es el Todo, y está en todo;

Tratado XIII.

Y a partir de esta identificación del operador con la materia, se puede proyectar el proceso de transformación de la materia en el operador, y de éste en la materia, y de esta forma, asignar atributos a los diferentes elementos, como que el aire y el fuego, al tender al ascenso dan vida.

Todas las cosas no son sino dos, aquello que es hecho y aquello que hace. Y el uno no puede ser separado del otro;

Tratado XIV.

De los cielos se derivan todos… El aire entra en la tierra y el agua; y el fuego entra en el aire. Sólo aquello que tiende hacia arriba es dador de vida; y lo que tiende hacia abajo está sometido a aquello.

Asclepio I.

Ya solo queda encender el fuego.

La mente es la hacedora de las cosas, y al hacer las cosas usa el fuego como instrumento.

Tratado X.

 

 

 

El hermetismo llegará a ser sinónimo de secretismo, y sin embargo, hasta aquí solo hemos hallado espacios bien iluminados por la luz colorida del sur del mediterráneo y, tal y como proponíamos al principio, hemos podido trazar experiencias que transcienden el ámbito de lo profano.

Quizás, si los textos se hubieran conservado, las prácticas continuado sin prohibiciones, las ideas compartidas sin la censura de los fanáticos o de los que dictan lo que es adecuado estudiar, al oír el nombre de Hermes, la primera asociación que haríamos sería con hermenéutica, el arte de interpretar el significado de los textos.

 

[1] Aunque son muy diversas las versiones disponibles, los textos incluidos, están tomados de Corpus Hermeticum y otros textos apócrifos. Selección y versión de Walter Scott. Publicado por EDAF (2005).

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