Somos en el mundo

por | 22 octubre, 2020

A mediados del siglo XV, Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), en su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, colocaba como valor central al ser humano, y al recoger e integrar diferentes tradiciones representadas por pensadores clásicos, judíos, cristianos y musulmanes, confería a este escrito el estatus de Manifiesto de un nuevo tipo de humanismo universalista, frente al humanismo civil que se extendía por algunas ciudades.

El desarrollo de este posicionamiento del ser humano que ya no existe en función de dios, el señor, el estado, etc., produce subsiguientemente una pregunta. ¿En qué se basarán los valores humanos si no vienen dictados por un ente previo o superior a él?

El ser humano, quizás por primera vez, queda libre para elegir en qué basar su escala de valores. Por supuesto, respondiendo al vértigo producido por esa libertad y agitando el miedo a sociedades sin valores ni dirección, se han promovido todo tipo de ideologías de estado, económicas y religiosas que, aduciendo algún tipo de determinismo, le han negado esa capacidad de decisión.

Aunque hay mucho que pensar en cuanto al impacto histórico y la evolución del concepto, centrémonos en la pregunta anterior. ¿Qué base tendrán nuestros valores?

Si el ser humano no se supedita a los valores procedentes de un dios o de una tradición, si ya no hay una idea preconcebida de qué es el ser humano, si ya no respondemos a una concepción previa a nuestra existencia, deberemos plantarnos ante el mundo y preguntarnos por nosotros mismos y por cómo resolver nuestra libertad.

En seguida habrá quien nos recuerde que esa libertad está muy limitada por la situación y, también, quien apunte que es ilusoria, dada la importancia de nuestros comportamientos puramente mecánicos. Es cierto, pero si este es todo el alcance del valor de las personas y aquí finaliza nuestra libertad, si el intento de dar una dirección a nuestro proyecto de vida, en última instancia solo es una respuesta mecánica a las condiciones, entonces dará igual, podremos elegir la religión, el ideal social o cualquier postura vital que nos ofrezca la ilusión que mejor nos permita subsistir. Pero si, a pesar de todo, decidimos que, partiendo de una situación dada, tanto por quién soy como por el mundo en el que estoy, con su memoria histórica y propensiones a futuro, mantengo alguna cota de libertad para decidir mis respuestas a las situaciones, asumiré en consecuencia la responsabilidad de mis actos. Y de esta forma, mi existencia como ser humano comenzará en el momento en que lo hacen mis decisiones. Así, nuestro ser se constituirá por nuestros actos y en qué medida estos superan, y por tanto nos diferencian, de las condiciones dadas.


 

En el caso de haber tomado esta dirección, más que nunca, deberé responder a la pregunta: en qué fundamentaré mis decisiones. Volvemos a los valores. Los principales filósofos del siglo pasado han profundizado en la pregunta y han dado sus respuestas.

Si el punto de partida es uno mismo no es de extrañar que me fije en el resultado que hasta hoy han ofrecido mis actos y trate de obtener alguna conclusión. Qué actos me hacen sentir bien, cuáles mejoran mi situación. Basadas en sus efectos encontraremos propuestas de actos bondadosos, actos coherentes, o actos adaptativos. Pero, realmente, ¿todas las decisiones tienen una solución tan sencilla, todos los actos se pueden resolver en una fórmula lógica? La experiencia vital nos dice que frecuentemente no. Un acto que creemos bondadoso resulta no producir ese resultado, y sí su contrario. En ocasiones hemos de decidir entre bienes diferentes o para diferentes personas. La mejor adaptación puede ir en contra de otros o de lo que creemos que es correcto. Y cuántas veces hemos de elegir entre actos que no son completamente coherentes. Y, en último término, que la validez de un acto gire en torno a cómo me hace sentir, o en el éxito de su resultado, ¿hasta qué punto responde a una subjetividad marcada por un cierto infantilismo de la época?

Pongamos un ejemplo de esta visión simple de la subjetividad. Uno de los paradigmas de las técnicas de venta actuales es la llamada “experiencia de cliente”. La compra no trata sobre la utilidad de un artículo, sino de la experiencia que me hace vivir, en qué me convierte ese artículo, cómo varía mi posición en relación con otros. No importa ahora si la ilusión de que el artículo ejercerá un poder sobre nosotros se diluirá poco más tarde, el punto a resaltar es la propuesta, de nuevo, de una subjetividad cerrada en el “para mí”.

Cuando admito que el punto de partida es el ser humano, y alego que, a pesar de las limitaciones impuestas por la situación, soy en una cierta medida libre y, por tanto, responsable, no lo asumo solo para mí. Coherentemente habré de otorgar esta capacidad a todas las personas. Si objetualizo al otro niego lo anterior y niego entonces mi libertad, y si lo afirmo, lo hago situando ante mí la de los demás. E igual habré de hacer con las limitaciones de partida.

Ya sea que me decida por uno u otro tipo de acción, habrá de darse en este marco de subjetividad compartida, bajo el riesgo de malograr nuestra humanidad cuando no atendemos a la de los otros.

Sobre este objetivo común e interrelacionado de superar las condiciones, ejercitando en alguna medida la libertad, de forma que esta pueda ir en aumento, es que se puede fundamentar un proyecto compartido de humanidad.


 

Resumiendo, un ser humano con capacidad para ser libre ha de tomar decisiones en respuesta a su situación vital, constituyendo su persona a través de sus actos. La valoración de dichos actos podrá argumentarse razonablemente desde diferentes puntos de vista, pero en todos los casos habrán de afirmar la humanidad de los otros, -su libertad-, y la de uno mismo.

Somos en el mundo. De esta forma, o parecida, en un ejercicio de coherencia, se ha afirmado en ocasiones sobre nuestro ser. Así es, pero podemos añadir que somos, o vamos siendo, en el mundo con los otros, y esto, en contrapartida, requiere que los valores que fundamentan mis actos, si van en la dirección de conformarme como persona, surjan de la interiorización de mi humanidad y de la de los demás.

El estado, la religión, o la tradición pondrán sus valores en juego, y pasarán a formar parte de las condiciones de la época. Pero esos valores solo existen en cuanto que son aceptados. No forman nuestra esencia ni participan en la naturaleza. Si declaramos que el mundo es injusto, o que es o no bondadoso, ¿queremos decir que los conceptos de justicia o bondad tienen existencia fuera de nosotros, un papel en la mecánica del cosmos, y que este, de alguna manera está fallando?  ¿O es la sociedad la que avanza o retrocede en su humanización?

Que otro ser, superior a mí, descienda de las alturas con las claves de cómo actuar podría ser un alivio sobre la responsabilidad de interiorizar mi humanidad y la de los demás, pero también una trampa que la vacía de sentido.


 

Estoy situado frente a un cuadro de Kandinsky. No sé nada de teoría artística por lo que no mantengo ninguna idea a priori. Atiendo a la forma de las imágenes y a cómo se traducen en sensaciones. Aprecio la vibración implícita en la sensación, percibo las texturas a través de la mirada, y los cambios de intensidad cromática cenestésicamente.

Me parece que, quizás por su hondura de carácter, el artista ha logrado expresarse en la obra, y que yo, conectando de alguna manera con su intención, he podido escucharle.

 

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